Hace 18 años mi vida cambió por completo. Bueno, mejor dicho, me la cambiaron. Mejor aún, me la salvaron. No recuerdo absolutamente nada de ello, sólo sé que después de tres meses de continuas pruebas y tratamientos que hacían que estuviera más y más débil cada vez, finalmente dieron con la solución del problema.
Un problema que me había encerrado en el hospital con tan solo días de vida durante tres meses. Un problema que hizo sufrir a las personas que más quiero en este mundo. Un problema que finalmente pude vencer.
Llamadas a las tantas de la madrugada por mi culpa. Visitas odiosas al hospital día sí, día también. Y yo, tan pequeño e inocente, sin enterarme de nada. Sólo lloraba y lloraba mientras otros sufrían por mí.
Y después de 18 años solamente puedo dar las gracias a aquellos que me salvaron la vida. A aquellos que supieron qué hacer en cada momento y cómo actuar en cada situación. Porque gracias a ellos estoy hoy aquí escribiendo esto, y no dios sabe dónde.
Ojalá yo en un futuro pueda ser como vosotros. Ojalá pueda pagaros todo lo que hicisteis por mí. Ojalá pueda llegar a salvar alguna vida.
Simplemente, gracias.
lunes, 16 de septiembre de 2013
viernes, 13 de septiembre de 2013
13.
Trece. Uno. El primero de muchos. O eso espero. Gracias por todo. Sé que te lo he dicho millones de veces, así que una vez más no pasa nada. Gracias por dejarme conocerte, desde el primer momento. Gracias por estar ahí siempre, aunque no tuvieras por qué. Gracias por sacarme una sonrisa, aún en los peores momentos. Gracias por hacer que estos 356.8 km desaparezcan por unos instantes. No sabes la suerte que he tenido, joder. Y me lo repito todos los días. Porque no me lo creo.
Son muchas noches, por no decir todas, que trato de imaginarte aquí conmigo. O allí contigo. Y lo consigo. Me gusta, imposible negarlo. Pero duele. Duele girar la cabeza y ver que no hay nadie. Sólo el móvil. Duele que (de momento) todo se quede en unos simples mensajes. Duele que siempre aparezcan esos putos "ojala's". Y espero que pronto cambie. Que pronto gire la cabeza y estés tú. Que pronto pueda hablarte al oído y darte todos esos besos que te debo. Que pronto esos putos "ojala's" pasarán a ser unos merecidos "por fin". Pronto. Mientras tanto, toca esperar.
Y como algunos dicen, después de todo no estamos tan lejos, tú y yo vemos la misma luna, cierto?
Nos vemos pronto.
T'estimo.
jueves, 5 de septiembre de 2013
Microrrelato.
Hola, me llamo Marta y hoy he perdido la vida, una vida que me han robado.
Posiblemente, cuando el reportero pregunte a los vecinos, estos se mostrarán sorprendidos y confusos, y afirmarán casi automáticamente que éramos una pareja muy tranquila, que se apreciaba, que nos queríamos, y que él era tan bueno... que él nunca haría eso. Casi seguro que nuestros vecinos no recordarán los golpes que provenían de nuestra casa a altas horas de la madrugada, cuando mi enamorado y cariñoso marido llegaba borracho a casa.
Tampoco recordarán las numerosas mañanas en las que yo entraba en el súper con las gafas de sol, cubriendo aquellas señales y moratones que me habían aparecido de las numerosas noches de golpeos, forcejeos y violaciones sufridas por parte de aquel animal. Seguramente mi mejor vecina no recuerda aquel día en el que la llamé, asustada y decidida al mismo tiempo, para contarle todo lo que me ocurría, a chivarme por fin de aquella pesadilla que estaba viviendo.
Pero no. Nadie lo recuerda, nadie analiza ni piensa que no éramos la pareja ideal. Nadie me valora por lo buena actriz que llegué a ser, aparentando lo que no era, y haciendo como si nada cuando ni podía tenerme en pie. Probablemente, dentro de unos meses, casi nadie me recordará, a pesar de haber aparecido en las noticias, y tan solo pasaré a representar un número más en una larga y tenebrosa lista: la lista de las víctimas de la violencia de género.
¿Y de qué me sirve que después de matarme te hayas suicidado? No me creo que hayas sido consciente de todo el dolor que me has causado... Sólo me alegro porque seguro que no volverás a matar a ninguna vida inocente nunca más.
Firmado: una víctima más de la violencia de género
Tampoco recordarán las numerosas mañanas en las que yo entraba en el súper con las gafas de sol, cubriendo aquellas señales y moratones que me habían aparecido de las numerosas noches de golpeos, forcejeos y violaciones sufridas por parte de aquel animal. Seguramente mi mejor vecina no recuerda aquel día en el que la llamé, asustada y decidida al mismo tiempo, para contarle todo lo que me ocurría, a chivarme por fin de aquella pesadilla que estaba viviendo.
Pero no. Nadie lo recuerda, nadie analiza ni piensa que no éramos la pareja ideal. Nadie me valora por lo buena actriz que llegué a ser, aparentando lo que no era, y haciendo como si nada cuando ni podía tenerme en pie. Probablemente, dentro de unos meses, casi nadie me recordará, a pesar de haber aparecido en las noticias, y tan solo pasaré a representar un número más en una larga y tenebrosa lista: la lista de las víctimas de la violencia de género.
¿Y de qué me sirve que después de matarme te hayas suicidado? No me creo que hayas sido consciente de todo el dolor que me has causado... Sólo me alegro porque seguro que no volverás a matar a ninguna vida inocente nunca más.
Firmado: una víctima más de la violencia de género
lunes, 2 de septiembre de 2013
La despedida.
Llueve.
Él abre los ojos y la ve, tan preciosa como el primer día.
Ella le lanza una sonrisa, no había cerrado los ojos.
Él los vuelve a cerrar. Es feliz, nunca lo había estado tanto cómo ahora. Sonríe y la mira. Ella también sonríe. Se abrazan y se besan. Una gota les roza los labios. Ríen, cogidos de la mano.
-¿Me quieres?- le pregunta ella.
-...- le besa en la mejilla.
Se quieren. La gente que pasa los ve, enamorados, bajo la lluvia. Dos desconocidos que se mojan, que disfrutan el uno del otro, sin paraguas. Sólo se necesitan el uno al otro para ser, para estar, felices.
Dos enamorados.
-Te quiero.- le dice él.
Pasean por la ciudad, sin rumbo, intentando encontrar calles desconocidas dónde sólo estén ellos dos. Corren, ríen, se besan, sin necesidad de nada más.
La ciudad parece otra; a ella no le molesta la camiseta empapada por la lluvia, ni a él sus pies mojados. Llegan al punto de partida, allí dónde se vieron por primera vez. Él la coge por la cintura y recuerdan todo lo vivido años atrás.
-Me tengo que ir.- le dice.
-Vale, me acompañas como siempre y mañana nos vemos, no?- le dice sonriendo ella.
Él la mira. Está preciosa. Tiene el pelo completamente mojado y no lleva maquillaje. Natural, con esa sonrisa de la que ha estado colgado tanto tiempo. Y esa piel tan fina, la que tantas caricias suyas ha recibido y tantos besos la han rozado.
Y esos labios, los que más conocen cómo la quiere, los que lo saben todo. Los únicos testimonios verdaderos del amor entre ellos dos. Esos labios que echará de menos. No sabe cómo decírselo. No quiere, le duele pensar que todo eso pueda acabar. Le duele pensar que no volverá a ver más esos ojos de los que está enamorado, que no podrá tocarle el pelo hasta que se duerma. Se muere por dentro cuando piensa que no volverá a sentirla, a sentir sus cuerpos juntos, a abrazarla rodeándola con sus brazos, que nunca más volverá a reír con ella, nunca más volverá a hacerla reír, a visitarla por sorpresa ni a estar a su lado. A compartir su vida con ella.
No se lo quiere decir, pero ella ya se ha dado cuenta. Deja de sonreír.
-Por favor, no digas nada, por favor, no...
Él la abraza contra su pecho. Le dice 'te quiero' sin hablar y la siente por última vez. No quiere alargarlo más. Sabe que la está haciendo sufrir, pero no quiere soltarla. Depende de ella.
-Como el primer día, te quiero.
Y se va. Corre. Corre hasta quedar lejos de ella. Entonces para y rompe a llorar como nunca antes lo había hecho.
Ella continúa quieta dónde la había dejado. Atrás. A ella y a once meses preciosos a su lado, a sus paseos nocturnos por la playa, a sus días juntos, a sus discusiones sobre la forma que tenían las nubes, a los besos, a las caricias, a sus escapadas secretas, a sus tardes en el cine (dónde no veían nunca la película), a los 'te quiero', y a los 'estaremos juntos, siempre'. Nota un escalofrío que le recorre todo el cuerpo y sus ojos se llenan de lágrimas. No lo entiende. Ya no está feliz, ya no ríe.
Vuelve a casa llorando, no sabe ni qué decir.
Mira por la ventana y ve la ciudad que ha conocido su amor. Parece otra, respira triste, gris. Mira el cielo y ve las nubes, ya sin forma. Ellos también lloran.
Llueve.
Él abre los ojos y la ve, tan preciosa como el primer día.
Ella le lanza una sonrisa, no había cerrado los ojos.
Él los vuelve a cerrar. Es feliz, nunca lo había estado tanto cómo ahora. Sonríe y la mira. Ella también sonríe. Se abrazan y se besan. Una gota les roza los labios. Ríen, cogidos de la mano.
-¿Me quieres?- le pregunta ella.
-...- le besa en la mejilla.
Se quieren. La gente que pasa los ve, enamorados, bajo la lluvia. Dos desconocidos que se mojan, que disfrutan el uno del otro, sin paraguas. Sólo se necesitan el uno al otro para ser, para estar, felices.
Dos enamorados.
-Te quiero.- le dice él.
Pasean por la ciudad, sin rumbo, intentando encontrar calles desconocidas dónde sólo estén ellos dos. Corren, ríen, se besan, sin necesidad de nada más.
La ciudad parece otra; a ella no le molesta la camiseta empapada por la lluvia, ni a él sus pies mojados. Llegan al punto de partida, allí dónde se vieron por primera vez. Él la coge por la cintura y recuerdan todo lo vivido años atrás.
-Me tengo que ir.- le dice.
-Vale, me acompañas como siempre y mañana nos vemos, no?- le dice sonriendo ella.
Él la mira. Está preciosa. Tiene el pelo completamente mojado y no lleva maquillaje. Natural, con esa sonrisa de la que ha estado colgado tanto tiempo. Y esa piel tan fina, la que tantas caricias suyas ha recibido y tantos besos la han rozado.
Y esos labios, los que más conocen cómo la quiere, los que lo saben todo. Los únicos testimonios verdaderos del amor entre ellos dos. Esos labios que echará de menos. No sabe cómo decírselo. No quiere, le duele pensar que todo eso pueda acabar. Le duele pensar que no volverá a ver más esos ojos de los que está enamorado, que no podrá tocarle el pelo hasta que se duerma. Se muere por dentro cuando piensa que no volverá a sentirla, a sentir sus cuerpos juntos, a abrazarla rodeándola con sus brazos, que nunca más volverá a reír con ella, nunca más volverá a hacerla reír, a visitarla por sorpresa ni a estar a su lado. A compartir su vida con ella.
No se lo quiere decir, pero ella ya se ha dado cuenta. Deja de sonreír.
-Por favor, no digas nada, por favor, no...
Él la abraza contra su pecho. Le dice 'te quiero' sin hablar y la siente por última vez. No quiere alargarlo más. Sabe que la está haciendo sufrir, pero no quiere soltarla. Depende de ella.
-Como el primer día, te quiero.
Y se va. Corre. Corre hasta quedar lejos de ella. Entonces para y rompe a llorar como nunca antes lo había hecho.
Ella continúa quieta dónde la había dejado. Atrás. A ella y a once meses preciosos a su lado, a sus paseos nocturnos por la playa, a sus días juntos, a sus discusiones sobre la forma que tenían las nubes, a los besos, a las caricias, a sus escapadas secretas, a sus tardes en el cine (dónde no veían nunca la película), a los 'te quiero', y a los 'estaremos juntos, siempre'. Nota un escalofrío que le recorre todo el cuerpo y sus ojos se llenan de lágrimas. No lo entiende. Ya no está feliz, ya no ríe.
Vuelve a casa llorando, no sabe ni qué decir.
Mira por la ventana y ve la ciudad que ha conocido su amor. Parece otra, respira triste, gris. Mira el cielo y ve las nubes, ya sin forma. Ellos también lloran.
Llueve.
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