En el fondo, a todos nos gusta pensar que somos fuertes. Que vamos a poder con todo lo que nos venga encima, que pudimos con lo de ayer y podremos también con lo de mañana. Pero más en el fondo, sabemos que eso no es verdad.
Porque ser fuerte no consiste en ponerse una armadura, ni en esconderse detrás de un disfraz. Ser fuerte consiste en asimilarlo. En asimilar el dolor y en digerirlo, y eso no se consigue de un día para otro, se consigue con el tiempo.
Pero como, por naturaleza, solemos ser impacientes y no nos gusta esperar, escogemos el camino corto. Escogemos el camino de disfrazarnos de algo que no somos y disimular. Sobretodo disimular. Sí, a todos nos gusta disimular los golpes, sonreír delante del espejo y salir a la calle pisando fuerte, para que nadie note que en realidad, lo que nos pasa de verdad, es que estamos rotos por dentro. Tan rotos que ocupamos nuestro tiempo con cualquier estupidez con tal de no pensar en ello, porque el simple hecho de pensarlo hace que duela.
Pero a veces, bueno... a veces tienes que darte a ti mismo permiso para no ser fuerte, bajar la guardia y darte una tregua. Está bien bajar la guardia de vez en cuando. No queremos hacerlo porque eso supone verse indefenso delante de alguien o tener un día triste, uno de esos viernes que saben a domingo, un día de esos que duelen, de recordar y echar de menos. A los que ya no están y a los que están, pero lejos.
Sin embargo, hay momentos que es lo mejor que puedes hacer: darte una tregua. Poner tu lista de reproducción favorita, tumbarte en la cama, y si hace falta llorar. Llorar todo lo que haga falta. Eso no nos hace menos fuertes, eso es lo que nos hace humanos.
viernes, 13 de diciembre de 2013
sábado, 23 de noviembre de 2013
Distancia.
Distancia. Palabra definida como el espacio que existe entre dos puntos. En realidad, a nadie le gusta hablar de la distancia. Muchos dicen que es el olvido. Otros que hace la fuerza y la unión. Otros, simplemente, creen que ni siquiera les afectaría.
Nadie sabe realmente que significa esa palabra hasta que no la tiene en su boca. Hasta que no pierdes a alguien por culpa de unos kilómetros, que al fin y al cabo, son lo que son, distancia. A nadie le gusta estar lejos de quien quiere y menos con miedo a perderlo. Seguramente muchos sabréis de lo que hablo. Esa sensación, que no sé realmente como explicarla. Algo de impotencia y tristeza. Sientes que tu lugar no es en el que estás, que necesitas verle, abrazarle.
No sé que duele más que la distancia. No sé que es peor, un querer y no poder o un poder y no querer.Y ahora, os reiréis. ¿De qué? Sí, de la distancia. Por eso, cuando la gente pregunta ¿Qué es la distancia? Y contestan: espacio que existe entre dos puntos, siempre sonrío.
Si realmente supieras lo que es la distancia, nunca contestarías eso.
viernes, 15 de noviembre de 2013
Merecer o no merecer.
A veces me pregunto si todos tenemos dignidad.
Si somos capaces de llegar a ese punto intermedio entre ser orgulloso o sumiso, de saber lo que nos merece y lo que no nos merece.
Ahora estoy bastante confundido, pues, tampoco estoy, ni soy, demasiado positivo por lo general.
Pero más allá de eso, en ocasiones que no debería serlo, lo soy, y es muy curioso. Pero, nos pasa a todos.
Muchas veces ponemos punto y final a una situación incómoda que nunca hemos sabido como librarnos. En cambio, cuando tienes debilidad por algo, somos positivos y esperanzadores, aunque sabemos que es inútil…pues, no va a haber cambio.
A veces pasa que tratas de llegar a lo inalcanzable, que tratas de elevarte tan alto por una persona en concreto, mientras ella ni se ha percatado de ello, o directamente piensa que no has alcanzado aún la longitud adecuada para sorprenderle o sorprenderla. Es ahí cuando piensas que tu esfuerzo no ha servido de nada, y que tu bonita capacidad para amar tampoco.
La consecuencia es comerte la cabeza, pensando una y otra vez que quizás el error haya sido lanzar tan pronto tus sentimientos al aire, y que la otra persona solo consiga sentir una mera e insignificante parte. Tú en cambio lo das todo.
Hemos llegado a una conclusión verdaderamente catastrófica: darlo todo a cambio de...¿nada? Hacer lo imposible para llegar hasta tan lejos por esa persona y recibir nada o bien poco a cambio.
Yo pienso que el amor de pareja no es incondicional, pues no es como el de una madre que por mucho que le hagamos trastadas, por mal que nos portemos, ella sigue allí, nos quiere y nos da todo cuanto ella puede. Nos quiere seamos lo que seamos. Este amor, el amor de pareja, digamos que es diferente: por mucho que lo niegues, siempre esperas algo a cambio de esa persona. No estás dispuesto a dar siempre y a no recibir nada a cambio, pues no te sientes querido.
Si somos capaces de llegar a ese punto intermedio entre ser orgulloso o sumiso, de saber lo que nos merece y lo que no nos merece.
Ahora estoy bastante confundido, pues, tampoco estoy, ni soy, demasiado positivo por lo general.
Pero más allá de eso, en ocasiones que no debería serlo, lo soy, y es muy curioso. Pero, nos pasa a todos.
Muchas veces ponemos punto y final a una situación incómoda que nunca hemos sabido como librarnos. En cambio, cuando tienes debilidad por algo, somos positivos y esperanzadores, aunque sabemos que es inútil…pues, no va a haber cambio.
A veces pasa que tratas de llegar a lo inalcanzable, que tratas de elevarte tan alto por una persona en concreto, mientras ella ni se ha percatado de ello, o directamente piensa que no has alcanzado aún la longitud adecuada para sorprenderle o sorprenderla. Es ahí cuando piensas que tu esfuerzo no ha servido de nada, y que tu bonita capacidad para amar tampoco.
La consecuencia es comerte la cabeza, pensando una y otra vez que quizás el error haya sido lanzar tan pronto tus sentimientos al aire, y que la otra persona solo consiga sentir una mera e insignificante parte. Tú en cambio lo das todo.
Hemos llegado a una conclusión verdaderamente catastrófica: darlo todo a cambio de...¿nada? Hacer lo imposible para llegar hasta tan lejos por esa persona y recibir nada o bien poco a cambio.
Yo pienso que el amor de pareja no es incondicional, pues no es como el de una madre que por mucho que le hagamos trastadas, por mal que nos portemos, ella sigue allí, nos quiere y nos da todo cuanto ella puede. Nos quiere seamos lo que seamos. Este amor, el amor de pareja, digamos que es diferente: por mucho que lo niegues, siempre esperas algo a cambio de esa persona. No estás dispuesto a dar siempre y a no recibir nada a cambio, pues no te sientes querido.
lunes, 16 de septiembre de 2013
Simplemente, gracias.
Hace 18 años mi vida cambió por completo. Bueno, mejor dicho, me la cambiaron. Mejor aún, me la salvaron. No recuerdo absolutamente nada de ello, sólo sé que después de tres meses de continuas pruebas y tratamientos que hacían que estuviera más y más débil cada vez, finalmente dieron con la solución del problema.
Un problema que me había encerrado en el hospital con tan solo días de vida durante tres meses. Un problema que hizo sufrir a las personas que más quiero en este mundo. Un problema que finalmente pude vencer.
Llamadas a las tantas de la madrugada por mi culpa. Visitas odiosas al hospital día sí, día también. Y yo, tan pequeño e inocente, sin enterarme de nada. Sólo lloraba y lloraba mientras otros sufrían por mí.
Y después de 18 años solamente puedo dar las gracias a aquellos que me salvaron la vida. A aquellos que supieron qué hacer en cada momento y cómo actuar en cada situación. Porque gracias a ellos estoy hoy aquí escribiendo esto, y no dios sabe dónde.
Ojalá yo en un futuro pueda ser como vosotros. Ojalá pueda pagaros todo lo que hicisteis por mí. Ojalá pueda llegar a salvar alguna vida.
Simplemente, gracias.
Un problema que me había encerrado en el hospital con tan solo días de vida durante tres meses. Un problema que hizo sufrir a las personas que más quiero en este mundo. Un problema que finalmente pude vencer.
Llamadas a las tantas de la madrugada por mi culpa. Visitas odiosas al hospital día sí, día también. Y yo, tan pequeño e inocente, sin enterarme de nada. Sólo lloraba y lloraba mientras otros sufrían por mí.
Y después de 18 años solamente puedo dar las gracias a aquellos que me salvaron la vida. A aquellos que supieron qué hacer en cada momento y cómo actuar en cada situación. Porque gracias a ellos estoy hoy aquí escribiendo esto, y no dios sabe dónde.
Ojalá yo en un futuro pueda ser como vosotros. Ojalá pueda pagaros todo lo que hicisteis por mí. Ojalá pueda llegar a salvar alguna vida.
Simplemente, gracias.
viernes, 13 de septiembre de 2013
13.
Trece. Uno. El primero de muchos. O eso espero. Gracias por todo. Sé que te lo he dicho millones de veces, así que una vez más no pasa nada. Gracias por dejarme conocerte, desde el primer momento. Gracias por estar ahí siempre, aunque no tuvieras por qué. Gracias por sacarme una sonrisa, aún en los peores momentos. Gracias por hacer que estos 356.8 km desaparezcan por unos instantes. No sabes la suerte que he tenido, joder. Y me lo repito todos los días. Porque no me lo creo.
Son muchas noches, por no decir todas, que trato de imaginarte aquí conmigo. O allí contigo. Y lo consigo. Me gusta, imposible negarlo. Pero duele. Duele girar la cabeza y ver que no hay nadie. Sólo el móvil. Duele que (de momento) todo se quede en unos simples mensajes. Duele que siempre aparezcan esos putos "ojala's". Y espero que pronto cambie. Que pronto gire la cabeza y estés tú. Que pronto pueda hablarte al oído y darte todos esos besos que te debo. Que pronto esos putos "ojala's" pasarán a ser unos merecidos "por fin". Pronto. Mientras tanto, toca esperar.
Y como algunos dicen, después de todo no estamos tan lejos, tú y yo vemos la misma luna, cierto?
Nos vemos pronto.
T'estimo.
jueves, 5 de septiembre de 2013
Microrrelato.
Hola, me llamo Marta y hoy he perdido la vida, una vida que me han robado.
Posiblemente, cuando el reportero pregunte a los vecinos, estos se mostrarán sorprendidos y confusos, y afirmarán casi automáticamente que éramos una pareja muy tranquila, que se apreciaba, que nos queríamos, y que él era tan bueno... que él nunca haría eso. Casi seguro que nuestros vecinos no recordarán los golpes que provenían de nuestra casa a altas horas de la madrugada, cuando mi enamorado y cariñoso marido llegaba borracho a casa.
Tampoco recordarán las numerosas mañanas en las que yo entraba en el súper con las gafas de sol, cubriendo aquellas señales y moratones que me habían aparecido de las numerosas noches de golpeos, forcejeos y violaciones sufridas por parte de aquel animal. Seguramente mi mejor vecina no recuerda aquel día en el que la llamé, asustada y decidida al mismo tiempo, para contarle todo lo que me ocurría, a chivarme por fin de aquella pesadilla que estaba viviendo.
Pero no. Nadie lo recuerda, nadie analiza ni piensa que no éramos la pareja ideal. Nadie me valora por lo buena actriz que llegué a ser, aparentando lo que no era, y haciendo como si nada cuando ni podía tenerme en pie. Probablemente, dentro de unos meses, casi nadie me recordará, a pesar de haber aparecido en las noticias, y tan solo pasaré a representar un número más en una larga y tenebrosa lista: la lista de las víctimas de la violencia de género.
¿Y de qué me sirve que después de matarme te hayas suicidado? No me creo que hayas sido consciente de todo el dolor que me has causado... Sólo me alegro porque seguro que no volverás a matar a ninguna vida inocente nunca más.
Firmado: una víctima más de la violencia de género
Tampoco recordarán las numerosas mañanas en las que yo entraba en el súper con las gafas de sol, cubriendo aquellas señales y moratones que me habían aparecido de las numerosas noches de golpeos, forcejeos y violaciones sufridas por parte de aquel animal. Seguramente mi mejor vecina no recuerda aquel día en el que la llamé, asustada y decidida al mismo tiempo, para contarle todo lo que me ocurría, a chivarme por fin de aquella pesadilla que estaba viviendo.
Pero no. Nadie lo recuerda, nadie analiza ni piensa que no éramos la pareja ideal. Nadie me valora por lo buena actriz que llegué a ser, aparentando lo que no era, y haciendo como si nada cuando ni podía tenerme en pie. Probablemente, dentro de unos meses, casi nadie me recordará, a pesar de haber aparecido en las noticias, y tan solo pasaré a representar un número más en una larga y tenebrosa lista: la lista de las víctimas de la violencia de género.
¿Y de qué me sirve que después de matarme te hayas suicidado? No me creo que hayas sido consciente de todo el dolor que me has causado... Sólo me alegro porque seguro que no volverás a matar a ninguna vida inocente nunca más.
Firmado: una víctima más de la violencia de género
lunes, 2 de septiembre de 2013
La despedida.
Llueve.
Él abre los ojos y la ve, tan preciosa como el primer día.
Ella le lanza una sonrisa, no había cerrado los ojos.
Él los vuelve a cerrar. Es feliz, nunca lo había estado tanto cómo ahora. Sonríe y la mira. Ella también sonríe. Se abrazan y se besan. Una gota les roza los labios. Ríen, cogidos de la mano.
-¿Me quieres?- le pregunta ella.
-...- le besa en la mejilla.
Se quieren. La gente que pasa los ve, enamorados, bajo la lluvia. Dos desconocidos que se mojan, que disfrutan el uno del otro, sin paraguas. Sólo se necesitan el uno al otro para ser, para estar, felices.
Dos enamorados.
-Te quiero.- le dice él.
Pasean por la ciudad, sin rumbo, intentando encontrar calles desconocidas dónde sólo estén ellos dos. Corren, ríen, se besan, sin necesidad de nada más.
La ciudad parece otra; a ella no le molesta la camiseta empapada por la lluvia, ni a él sus pies mojados. Llegan al punto de partida, allí dónde se vieron por primera vez. Él la coge por la cintura y recuerdan todo lo vivido años atrás.
-Me tengo que ir.- le dice.
-Vale, me acompañas como siempre y mañana nos vemos, no?- le dice sonriendo ella.
Él la mira. Está preciosa. Tiene el pelo completamente mojado y no lleva maquillaje. Natural, con esa sonrisa de la que ha estado colgado tanto tiempo. Y esa piel tan fina, la que tantas caricias suyas ha recibido y tantos besos la han rozado.
Y esos labios, los que más conocen cómo la quiere, los que lo saben todo. Los únicos testimonios verdaderos del amor entre ellos dos. Esos labios que echará de menos. No sabe cómo decírselo. No quiere, le duele pensar que todo eso pueda acabar. Le duele pensar que no volverá a ver más esos ojos de los que está enamorado, que no podrá tocarle el pelo hasta que se duerma. Se muere por dentro cuando piensa que no volverá a sentirla, a sentir sus cuerpos juntos, a abrazarla rodeándola con sus brazos, que nunca más volverá a reír con ella, nunca más volverá a hacerla reír, a visitarla por sorpresa ni a estar a su lado. A compartir su vida con ella.
No se lo quiere decir, pero ella ya se ha dado cuenta. Deja de sonreír.
-Por favor, no digas nada, por favor, no...
Él la abraza contra su pecho. Le dice 'te quiero' sin hablar y la siente por última vez. No quiere alargarlo más. Sabe que la está haciendo sufrir, pero no quiere soltarla. Depende de ella.
-Como el primer día, te quiero.
Y se va. Corre. Corre hasta quedar lejos de ella. Entonces para y rompe a llorar como nunca antes lo había hecho.
Ella continúa quieta dónde la había dejado. Atrás. A ella y a once meses preciosos a su lado, a sus paseos nocturnos por la playa, a sus días juntos, a sus discusiones sobre la forma que tenían las nubes, a los besos, a las caricias, a sus escapadas secretas, a sus tardes en el cine (dónde no veían nunca la película), a los 'te quiero', y a los 'estaremos juntos, siempre'. Nota un escalofrío que le recorre todo el cuerpo y sus ojos se llenan de lágrimas. No lo entiende. Ya no está feliz, ya no ríe.
Vuelve a casa llorando, no sabe ni qué decir.
Mira por la ventana y ve la ciudad que ha conocido su amor. Parece otra, respira triste, gris. Mira el cielo y ve las nubes, ya sin forma. Ellos también lloran.
Llueve.
Él abre los ojos y la ve, tan preciosa como el primer día.
Ella le lanza una sonrisa, no había cerrado los ojos.
Él los vuelve a cerrar. Es feliz, nunca lo había estado tanto cómo ahora. Sonríe y la mira. Ella también sonríe. Se abrazan y se besan. Una gota les roza los labios. Ríen, cogidos de la mano.
-¿Me quieres?- le pregunta ella.
-...- le besa en la mejilla.
Se quieren. La gente que pasa los ve, enamorados, bajo la lluvia. Dos desconocidos que se mojan, que disfrutan el uno del otro, sin paraguas. Sólo se necesitan el uno al otro para ser, para estar, felices.
Dos enamorados.
-Te quiero.- le dice él.
Pasean por la ciudad, sin rumbo, intentando encontrar calles desconocidas dónde sólo estén ellos dos. Corren, ríen, se besan, sin necesidad de nada más.
La ciudad parece otra; a ella no le molesta la camiseta empapada por la lluvia, ni a él sus pies mojados. Llegan al punto de partida, allí dónde se vieron por primera vez. Él la coge por la cintura y recuerdan todo lo vivido años atrás.
-Me tengo que ir.- le dice.
-Vale, me acompañas como siempre y mañana nos vemos, no?- le dice sonriendo ella.
Él la mira. Está preciosa. Tiene el pelo completamente mojado y no lleva maquillaje. Natural, con esa sonrisa de la que ha estado colgado tanto tiempo. Y esa piel tan fina, la que tantas caricias suyas ha recibido y tantos besos la han rozado.
Y esos labios, los que más conocen cómo la quiere, los que lo saben todo. Los únicos testimonios verdaderos del amor entre ellos dos. Esos labios que echará de menos. No sabe cómo decírselo. No quiere, le duele pensar que todo eso pueda acabar. Le duele pensar que no volverá a ver más esos ojos de los que está enamorado, que no podrá tocarle el pelo hasta que se duerma. Se muere por dentro cuando piensa que no volverá a sentirla, a sentir sus cuerpos juntos, a abrazarla rodeándola con sus brazos, que nunca más volverá a reír con ella, nunca más volverá a hacerla reír, a visitarla por sorpresa ni a estar a su lado. A compartir su vida con ella.
No se lo quiere decir, pero ella ya se ha dado cuenta. Deja de sonreír.
-Por favor, no digas nada, por favor, no...
Él la abraza contra su pecho. Le dice 'te quiero' sin hablar y la siente por última vez. No quiere alargarlo más. Sabe que la está haciendo sufrir, pero no quiere soltarla. Depende de ella.
-Como el primer día, te quiero.
Y se va. Corre. Corre hasta quedar lejos de ella. Entonces para y rompe a llorar como nunca antes lo había hecho.
Ella continúa quieta dónde la había dejado. Atrás. A ella y a once meses preciosos a su lado, a sus paseos nocturnos por la playa, a sus días juntos, a sus discusiones sobre la forma que tenían las nubes, a los besos, a las caricias, a sus escapadas secretas, a sus tardes en el cine (dónde no veían nunca la película), a los 'te quiero', y a los 'estaremos juntos, siempre'. Nota un escalofrío que le recorre todo el cuerpo y sus ojos se llenan de lágrimas. No lo entiende. Ya no está feliz, ya no ríe.
Vuelve a casa llorando, no sabe ni qué decir.
Mira por la ventana y ve la ciudad que ha conocido su amor. Parece otra, respira triste, gris. Mira el cielo y ve las nubes, ya sin forma. Ellos también lloran.
Llueve.
lunes, 12 de agosto de 2013
Nada claro.
Y vueltas, y vueltas, y más vueltas. Todas las noches lo mismo. Las inseguridades vuelven y, con ellas, los miedos. El miedo a no ser lo suficientemente bueno, el miedo a decepcionar, el miedo a... todo. Cosas de la edad, dicen. Yo invito a esta edad y a todos los miedos e inseguridades a que se vayan. A que se vayan y no vuelvan más. Que den paso a la confianza, a la seguridad, a los pensamientos claros. Que den paso a un nuevo yo. De momento, no tengo absolutamente nada claro.
viernes, 9 de agosto de 2013
Mi lugar en el mundo.
No corro riesgos. No baso mi felicidad en los demás. No desperdicio el tiempo con falsas esperanzas y, de ese modo, no esperando mucho, siempre me siento agradablemente sorprendido. Al igual que siempre decepciono, porque confían demasiado en mí.
Carezco de las cualidades que permiten a los demás en creer en cosas ilusorias e intangibles, como Dios o la paz mundial.
Me gusta lo inevitable e irremediable. Las cosas que van a ocurrir quieras o no, las cosas con las que siempre puedes contar, como la muerte o los impuestos. No creo en el destino, nada está escrito. Pero sí en las casualidades.
Los pequeños detalles me enamoran. Hasta los más insignificantes, como un abrazo, un beso, una caricia, siempre en el momento justo.
La soledad es mi mejor amiga. Con ella es como mejor me siento y cuando puedo ser realmente yo.
Soy como un extraño que mira desde fuera. Me gusta que sea así.
Carezco de las cualidades que permiten a los demás en creer en cosas ilusorias e intangibles, como Dios o la paz mundial.
Me gusta lo inevitable e irremediable. Las cosas que van a ocurrir quieras o no, las cosas con las que siempre puedes contar, como la muerte o los impuestos. No creo en el destino, nada está escrito. Pero sí en las casualidades.
Los pequeños detalles me enamoran. Hasta los más insignificantes, como un abrazo, un beso, una caricia, siempre en el momento justo.
La soledad es mi mejor amiga. Con ella es como mejor me siento y cuando puedo ser realmente yo.
Sé cuál es mi lugar en el mundo: estar fuera de él.
viernes, 28 de junio de 2013
El comiat.
Pluja.
Ell obri els ulls i la veu, tan preciosa com el primer dia.
Ella li llença un somriure, no havia tancat els ulls.
Ell els torna a tancar. És feliç, mai ho havia estat tant com ara. Somriu i la mira. Ella també somriu.
S'abracen i es fan un petó. Una gota els frega els llavis, riuen i paren; se sorprenen, agafats de la mà.
- M'estimes?- li pregunta ella.
- ...- li fa un petó suau a la galta.
S'estimen. La gent que passa els veu, enamorats, sota la pluja. Dos desconeguts que es mullen, que gaudeixen l'un del l'altre, sense paraigües. Només es necessiten l'un a l'altre, per ser, per estar feliços.
Dos enamorats.
- T'estime- li diu ell.
Passegen per la ciutat, sense saber cap on van, intentant trobar carrers desconeguts on només estiguen els dos. Corren, riuen, es besen, sense necessitat de res.
La ciutat sembla una altra; a ella no li molesta la samarreta enganxada al cos, ni a ell els seus peus xops. Desfan el camí i tornen al punt de partida, on es van veure per primera vegada. Ell l'agafa per la cintura i recorden allò viscut anys enrere.
- Me n'he d'anar - li diu.
- D'acord, doncs m'acompanyes i demà ens veiem, no?- li diu somrient ella.
Ell la mira. Està preciosa, porta els cabells completament mullats i la cara sense maquillatge. Natural, amb eixe somriure del que ha estat penjat tant de temps. I eixa pell tan fina, la que tantes carícies seues ha rebut i tants besos l'han fregat.
I eixos llavis, els que més coneixen com la estima, els que ho saben tot. Els únics testimonis verdader de l'amor entre ells dos. Eixos llavis que tant trobarà a faltar. No sap com dir-li-ho. No vol, li fa mal pensar que això puga acabar. Li fa mal pensar que no tornarà a veure aquells ulls de què està enamorat, que no podrà tocar-li els cabells fins que s'adorma. Mor per dins quan pensa que no tornarà a sentir-la, a sentir els seus cossos junts, a abraçar-la envontant-la amb el seus braços, que mai més tornarà a riure amb ella, a fer-la riure, a visitar-la per sorpresa ni a estar al seu costat. A compartir la vida amb ella.
No li ho vol dir, però ella ja se n'ha adonat. Deixa de somriure.
- Per favor, no m'ho digues, per favor, no...
Ell l'estreny fort contra el seu pit, l'abraça. Li diu "t'estime" sense parlar, la sent per última vegada.
No vol allargar-ho més. Sap que l'està fent patir, però no pot soltar-la; depén d'ella.
- Com el primer dia, t'estime.
I se'n va. Corre. Corre fins quedar molt lluny. Aleshores para i es fica a plorar com no havia plorat mai.
Ella continúa parada on l'ha deixada. On l'ha deixada enrere. A ella i a onze mesos preciosos, als seus passejos de nit per la platja, als seus dies junts, a les seues discussions sobre la forma que tenien els núvols, als petons, a les carícies, a les seues escapades secretes, a les seues vesprades al cine (on mai veien la pel·lícula), als "t'estime", i als "estarem sempre junts, sempre". Nota que se li'n va la vida. Nota una fiblada al pit i els ulls se li omplin de llàgrimes. No ho entén. Ja no està feliç, ja no riu.
Torna a casa plorant, no sap on anar ni què dir.
Mira per la finestra i veu la ciutat que ha conegut el seu amor. Sembla una altra, respira trista, gris. Mira el cel i veu els núvols, ja sense forma. Ells també ploren.
Ell obri els ulls i la veu, tan preciosa com el primer dia.
Ella li llença un somriure, no havia tancat els ulls.
Ell els torna a tancar. És feliç, mai ho havia estat tant com ara. Somriu i la mira. Ella també somriu.
S'abracen i es fan un petó. Una gota els frega els llavis, riuen i paren; se sorprenen, agafats de la mà.
- M'estimes?- li pregunta ella.
- ...- li fa un petó suau a la galta.
S'estimen. La gent que passa els veu, enamorats, sota la pluja. Dos desconeguts que es mullen, que gaudeixen l'un del l'altre, sense paraigües. Només es necessiten l'un a l'altre, per ser, per estar feliços.
Dos enamorats.
- T'estime- li diu ell.
Passegen per la ciutat, sense saber cap on van, intentant trobar carrers desconeguts on només estiguen els dos. Corren, riuen, es besen, sense necessitat de res.
La ciutat sembla una altra; a ella no li molesta la samarreta enganxada al cos, ni a ell els seus peus xops. Desfan el camí i tornen al punt de partida, on es van veure per primera vegada. Ell l'agafa per la cintura i recorden allò viscut anys enrere.
- Me n'he d'anar - li diu.
- D'acord, doncs m'acompanyes i demà ens veiem, no?- li diu somrient ella.
Ell la mira. Està preciosa, porta els cabells completament mullats i la cara sense maquillatge. Natural, amb eixe somriure del que ha estat penjat tant de temps. I eixa pell tan fina, la que tantes carícies seues ha rebut i tants besos l'han fregat.
I eixos llavis, els que més coneixen com la estima, els que ho saben tot. Els únics testimonis verdader de l'amor entre ells dos. Eixos llavis que tant trobarà a faltar. No sap com dir-li-ho. No vol, li fa mal pensar que això puga acabar. Li fa mal pensar que no tornarà a veure aquells ulls de què està enamorat, que no podrà tocar-li els cabells fins que s'adorma. Mor per dins quan pensa que no tornarà a sentir-la, a sentir els seus cossos junts, a abraçar-la envontant-la amb el seus braços, que mai més tornarà a riure amb ella, a fer-la riure, a visitar-la per sorpresa ni a estar al seu costat. A compartir la vida amb ella.
No li ho vol dir, però ella ja se n'ha adonat. Deixa de somriure.
- Per favor, no m'ho digues, per favor, no...
Ell l'estreny fort contra el seu pit, l'abraça. Li diu "t'estime" sense parlar, la sent per última vegada.
No vol allargar-ho més. Sap que l'està fent patir, però no pot soltar-la; depén d'ella.
- Com el primer dia, t'estime.
I se'n va. Corre. Corre fins quedar molt lluny. Aleshores para i es fica a plorar com no havia plorat mai.
Ella continúa parada on l'ha deixada. On l'ha deixada enrere. A ella i a onze mesos preciosos, als seus passejos de nit per la platja, als seus dies junts, a les seues discussions sobre la forma que tenien els núvols, als petons, a les carícies, a les seues escapades secretes, a les seues vesprades al cine (on mai veien la pel·lícula), als "t'estime", i als "estarem sempre junts, sempre". Nota que se li'n va la vida. Nota una fiblada al pit i els ulls se li omplin de llàgrimes. No ho entén. Ja no està feliç, ja no riu.
Torna a casa plorant, no sap on anar ni què dir.
Mira per la finestra i veu la ciutat que ha conegut el seu amor. Sembla una altra, respira trista, gris. Mira el cel i veu els núvols, ja sense forma. Ells també ploren.
Pluja.
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